Lo confieso. Estoy en un período «para adentro», de mucha reflexión y replanteos acerca de dónde estoy parada hoy en nuestra vida sin escuela, y sobre todo acerca de hacia dónde quiero dirigirme. Y en medio, las cosas que quisiera conservar intactas, y aquellas que siento que deben cambiar para que podamos llegar al puerto elegido.

Por eso no estuve posteando. Tengo muchísimas fotos en mi cámara esperando ser subidas a algúna entrada con las actividades que estamos haciendo, pero no sé, antes quería compartir con ustedes algunas reflexiones que están revolucionando mi visión del homeschooling… al menos de NUESTRO homeschooling (vieron que cada familia tiene el suyo propio).

Hoy quiero hablarles de mí. De mi historia.

Y para esto tengo que retroceder en el tiempo…. (es increíble cómo al revisar nuestra propia historia podemos tener más claro el camino a seguir con nuestros hijos).

Supe que quería ser músico desde muy, muy pequeña. Yo no lo recuerdo, pero mi papá me contó que a los 2 años le pedí una guitarra. Y él, destacado pianista, no dudó en comprármela, obvio.
Mi único recuerdo con respecto a esa primera guitarra era que la usaba para asustar a mi vecinita Martina, que vivía en el depa de al lado y no sé por qué extraña razón mi guitarra la aterraba.

Luego nos mudamos, y por fin mi mamá, cuando cumplí los 5 años, me anotó en clases de guitarra. Si los pensamientos pudieran grabarse, podría mostrarles un video nítido… recuerdo cada detalle de ese día… la luz del estudio, la maestra, el atril, el olor del lugar, la sensación de que el pecho me iba a explotar de felicidad…. recuerdo que cuando llegué a casa le enseñé a mis padres que sabía armar el La menor y hacer un ritmo de zamba.

Mis fotos de los actos patrios del kinder siempre fueron con mi guitarra a cuestas, acompañando cualquier canción que la maestra de música hubiera elegido para la ocasión.

Tengo también el recuerdo de acompañar a mi papá a uno de los colegios en donde impartía «cultura musical» en secundaria. Recuerdo que los alumnos me llamaban para que me sentara con ellos y les resolviera sus ejercicios. Otras veces le robaba los exámenes que se llevaba a casa para corregir, y yo corregía algunos ejercicios para que no sacaran mala nota… ¿se daría cuenta mi papá? nunca me dijo nada…

mi primera guitarra tamaño normal =)
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Pasaron 2, 3 años. A los 8 años me compraron una guitarra «tamaño normal», ¡qué orgullosa estaba! y con la guitarra, llegó un «pasacassette» en el que podías no solo escuchar cassettes, sino grabar (convengamos que hablo de 1979). Esos 2 regalos hicieron que mi vida musical diera un vuelco de 360 grados.
Recuerdo que me perdía en mi habitación, grabando guitarras y luego reproduciéndolas para tocar arriba las segundas guitarras y armonizar. Y empezaba a tomar consciencia que lo que yo escuchaba cuando escuchaba música, los demás no lo hacían. Y yo no sabía cómo lidiar con eso. Pero tampoco sabía cómo pedir ayuda.

A los 9 me cambiaron de profesor. Al poco tiempo que empecé con él, me puso en un grupo «selecto», con el que nos reuníamos los sábados a practicar, y dábamos conciertos. Me gustaba ir, me sentía en mi hábitat.

Mis papás me llevaban, me traían, me compraban, me dejaban hacer sin interrumpirme. Pero eso no bastaba… yo me sentía perdida…

A los 13 años empecé el conservatorio. Ingresé en tercer año, rendí libres mis primeros 2 años. Ja! en el momento no me di cuenta, pero algo pasó en ese examen libre. Los profes quedaron inquietos. Años más tarde supe que todos me querían tomar como su pupila. Por suerte, caí con una de las mejores maestras de guitarra que había en ese momento. Ella no sólo era profe, ella estaba activa en el mundo musical: era solista en una sinfónica, y eso es lo que yo quería ser.

Pero a los 2 años de conservatorio, abandoné. Mis papás no cuestionaron, ni opinaron. Me dejaron hacer. Mi maestra se enfureció, pero no le hice caso. Simplemente estaba desganada. No tenía ganas de practicar ni de estudiar.

Si no me fallan las cuentas abandoné y retomé el conservatorio como 5 veces. Y la mayoría de años los rendí libres, simplemente pedía los temas y los preparaba en muuy poquito tiempo. Y así iba avanzando. No era capaz de ser constante (y cuando se toca un instrumento esto es más que fundamental).

A los 15 me prestaron una guitarra eléctrica, y por supuesto armé mi primera banda de rock. Nuevamente la cabeza se me abrió como flor… inventar armonías para varios instrumentos! me perdí nuevamente en mi mundo sonoro, las horas me pasaban como segundos, la música me absorbía por completo.

Luego quise grabar a la banda. Como en esa época la tecnología era todavía limitada, lo que hacía es usar el equipo modular «doble cassettera» de mi papá, entonces grababa el bajo, pasaba el cassete al reproductor, lo ponía en play y mientras se reproducía tocaba la guitarra, entonces en el segundo cassette se grababa bajo y guitarra, lo pasaba a la otra cassettera… y así.

Por supuesto, le rompí el costoso equipo a mi papá, y le desconé las bocinas porque no estaban preparadas para instrumentos. Mi papá jamás me lo reclamó, ni se enojó.

Toqué mucho, aprendí mucho, fui reconocida en muchos lugares. Desperdicié muchas oportunidades.

….

Y cuando salí de la secundaria mi primer trabajo fue… en una oficina, como recepcionista (¿?)
Dejé de tocar. Dejé de estudiar música.

Fue hasta los 28 años que me reencontré con la música para ya no dejarla.

….

¿Qué pasó?

¿Por qué no fue suficiente el apoyo incondicional de mis papás?

Si ellos y yo sabíamos que yo había nacido para la música… ¿de qué manera me hubieran tenido que ayudar a no perderme en mi camino?

Hace falta más que acompañar. Hace falta más que «dejar hacer».

Definitivamente, hoy siento que nuestra participación como padres debe ser mucho más activa de lo que suponía. Es nuestra experiencia y sabiduría al servicio del talento y las capacidades de nuestros hijos, interviniendo, cuestionando, participando activamente, sugiriendo, mostrando opciones que tal vez ellos no saben ver con claridad.

Aún no lo tengo muy claro, lo que sí sé es que ya tengo que trabajar en esta idea, y encontrar la manera de ponerla en práctica en nuestro día a día…

 

Autor del artículo: Laura Castellaro (320 Posts)

Fundadora de ALAS y argentina adicta al mate, viviendo en México desde 2002. Músico y apasionada investigadora de todo lo que tenga que ver con los procesos de aprendizaje en los niños, proyectos educativos alternativos y necesidades educativas del siglo XXI. Educa sin escuela a sus dos hijas Gaia (2004) y Zyania (2008). Si te interesa el homeschooling, únete a su grupo privado de Facebook!


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